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Ana es médico geriatra y asegura que en esta Cuaresma es importante “ayunar de ocio” para ayudar a la sociedad

Aleteia

Ana tiene 25 años. Hoy es una de las guerreras que está haciendo frente al coronavirus. Es geriatra, trabaja todos los días con personas mayores y ahora además, haciendo lo que puede entre el caos que ha provocado la pandemia.

A veces son los policías, otras veces los bomberos o militares, pero pocas veces vemos en el foco de Hollywood a los médicos. Ana está ahora “trabajando en condiciones muy duras, doblando turnos, haciendo guardias de 24 horas sin pagar, sin vacaciones ni permisos hasta nuevo aviso…” Y lo que tal vez no haya pensado mucha gente desde su casa, Ana una joven de Madrid se está “exponiendo a nivel personal” porque ahora mismo ya no hay “equipos de protección para ver a los pacientes”.

Pero hay esperanza. “Los que somos católicos tenemos un poco de suerte, porque como es Cuaresma podemos verlo como una oportunidad de acompañar a Jesús al Calvario, y de intentar parecernos más a Él”. Dice sin miedo “que no hay amor más grande que el que da la vida por los amigos”. Y habla de una forma nueva de vivir realmente la cuaresma:  “Ahora más que ayunar de carne -que también es muy importante-, hay que ayunar de ocio, que es más difícil, pero es lo que más hace falta ahora mismo para controlar esto”.

Y es importante controlarlo. Como dice Ana, no solo para no contraer el coronavirus, sino para no contagiar a los demás. Parece que ha habido un punto en el que ‘no pasaba nada’, porque ‘solo afecta a la gente mayor’, como si ellos fueran menos personas o menos útiles. “La verdad es que no creo que sea así”.

“Los que tenemos la suerte de tener a nuestros abuelos aquí, sabemos todo lo que nos han aportado, las alegrías que nos han dado y lo muchísimo que les queremos. Lo peor que podría pasar es que les pase algo a ellos. Sus vidas valen lo mismo que las nuestras. Es una pena que parece que en esta sociedad está por encima la efectividad o la utilidad, que los valores esenciales. Como todos nuestros abuelos que nos han querido tanto, nos han acompañado tanto, nos han ayudado a crecer y han estado siempre ahí”.

“Para mí pocas personas me han aportado más que mis abuelos y son ellos los que me han enseñado lo que de verdad importa en la vida” explica Ana.

Héroes con bata

No trabaja en un país tercermundista, sino en España. Está preocupada, los médicos están en permanente contacto con pacientes infectados, pero llama le atención el motivo: “Se hace duro ya no solo por el riesgo que corremos nosotros, sino por el riesgo que corre nuestra familia”.

Los pasos a seguir son claros: no salir de casa. Esto no es una película, ni nos vamos a morir todos, ni hay que alarmarse… hasta cierto punto. Tenemos que ser “responsables” y esforzarnos en no ser contagiados, para no contagiar a otros. “Lavarse bien las manos, toser en el codo, evitar el contacto y si puede ser incluso la calle”.

El problema no es tanto la enfermedad en sí, sino lo contagiosa que es. Todos nos estamos contagiando a la vez y eso hace que se saturen los hospitales y que sea muy difícil atender a todo el mundo. Por eso es importante intentar ‘romper’ la cadena de contagios.

Ana dice que “es una pena, que se empiecen a tomar las medidas por miedo. Ojalá que lo hagamos por amor al prójimo”. Que no pensemos en ‘da igual’, ‘a mí no me afecta’, ‘yo estoy sano y soy joven’, sino a pensar en el que tenemos al lado: “Ojalá que dejemos de lado el egoísmo y que esto sea una oportunidad para pensar en los demás”.

De camino al hospital

En España, ser médico es un deporte de riesgo: sueldos muy bajos, condiciones infrahumanas, guardias de 24 horas sin dormir, tratos impresentables… Y hoy con esta crisis mundial, más. Pero es que Ana decidió estudiar medicina, no por el dinero ni el éxito, sino porque quería “ayudar a los demás”.

Podría parecer una profesión muy bonita, pero tiene su otra cara. Ana pasó unos años de colegio muy intensos para sacar una nota media brillante que le permitiese estudiar medicina. Después se ha pasado seis años de biblioteca en biblioteca estudiando libros de texto más gordos que yo durante horas y horas. Y cuando por fin terminó la carrera… llegó la preparación para el examen MIR. Un año estudiando 12 horas al día, seis días a la semana.

“Es una experiencia muy dura, pero muy bonita a la vez. Haces muchos sacrificios personales, muchos planes a los que no puedes ir, tienes que estudiar muchísimo… pero en las prácticas vives experiencias preciosas”. Ana cuenta ejemplos cómo “una persona te dice ‘muchas gracias por haberme escuchado, era lo que más necesitaba’. O cuando ves a un niño nacer por primera vez y ves que es un milagro”.

Hace ocho meses por fin la llamaron ‘doctora’ en el hospital, “y te giras como diciendo, ‘por fin es a mí’. Es muy emocionante, por fin puedes ayudar después de todo lo que has sacrificado”.

Y finalmente termina siendo la ‘doctora’, y decide serlo de los más indefensos, de ‘nuestros abuelos’. Los descartados, olvidados ‘inútiles’ para la sociedad, ¿por qué? “Me encantó lo humana que es esa medicina. El paciente no es solo la patología que tiene, sino que es un todo: su situación social, si tiene apoyo de su familia, si tiene buen ánimo, si puede salir a comprar el pan….”

“Ves a la persona como un todo y no como una insuficiencia cardiaca o la patología que tiene. Sabemos que muchas veces la atención psicológica ayuda mucho más que un antibiótico y si se sienten queridos y escuchados cambia totalmente la enfermedad. Muchas veces no es tan invalidante la enfermedad que tienes sino el sentirse solo, el sentir que eres una carga para los demás y en geriatría trabajamos para que eso no pase”.

Y resulta que en un mundo en el que pensamos que lo tenemos todo controlado, viene un ‘coronavirus’ y nos pone la vida patas arriba. Podemos sin duda dar gracias por personas que como Ana se sacrifican y ponen en peligro sus vidas por los demás -porque hacerlo por ese pequeño sueldo sería ridículo-. Desde esta humilde pluma que escribe, podemos decir lo orgullosos que nos sentimos en España de nuestro personal sanitario, y de lo orgulloso que se siente este que escribe, de su novia médico.

 

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