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Radio Betania 28.07.2020 // Redamazonica.org// La hermana Círia Catarina Mees, brasileña, relata cómo se desarrolla su vida de misionera en el contexto amazónico. “Voy a intentar contarles algo de esa rica, bella, bendecida y al mismo tiempo desafiante experiencia que he vivido y estoy viviendo en la Amazonia Boliviana, más precisamente en el norte boliviano, en el Vicariato Apostólico de Pando”.
Círia Catarina Mees, religiosa brasileña, nacida en el Estado de Santa Catarina, en el sur del Brasil, frontera con Argentina comienza este relato con el recuerdo del día de su nacimiento que coincide con otras fechas importantes en la historia de la Iglesia: He nacido en el día en que celebramos la vida de los abuelos de Jesús y en el año donde terminaba el Concilio Vaticano II. Llevada a la pila bautismal con cinco días de vida. Hija de pequeños agricultores descendiente de europeos. Hermana de seis hermosas mujeres y de cuatro varones. Siempre digo: un equipo de futbol.

Cuando era joven, sintiendo la vocación a la Vida Religiosa Consagrada, empecé mi formación en la Congregación de la Hermanas de las Divina Providencia, en la Provincia de la Santísima Trinidad, haciendo la consagración definitiva en el año de 1996. En el mismo año me licencié en Enfermería y Obstetricia en la Universidad Federal do Paraná.

Mis dos pilares en la vida son: servir a Dios y cuidar de los enfermos.  Cuidar de personas en el momento más delicado de su vida, ser la presencia visible de Dios en ese momento siempre fue lo más fuerte y placentero en mi vida.

Los primeros 25 años de vida religiosa he realizado siempre en misión en el sur de Brasil, en el área de salud hospitalaria, salud pública, cuidado de nuestras hermanas mayores, trabajo de administración en el hospital. Pude también dedicar un tiempo de estudio de la lengua alemana en nuestra Casa General en Alemania. Posteriormente, después de tres años de servicio en la secretaria ejecutiva de Conferencia de los Religiosos de Brasil, del Estado de Paraná, en el año 2013 fui enviada en misión a la ciudad de Riberalta, departamento del Beni, Bolivia.

 

Hna. Mees, Monseñor Coter y algunos agentes de pastoral

Misión en Bolivia

La misión que me encomendaban mis superioras al enviarme a Bolivia fue para ser un “impulso humano” en la misión. ¿Impulso Humano? Solo Dios lo sabe lo que me costó descubrir su significado e implicación.  Eso lo dejé y lo dejo a cargo de Dios hasta hoy.

Llegando a Riberalta, en una charla con Mons. Luis Morgan Cassey, el obispo de entonces, le compartí que mi deseo real no era solo estar en Bolivia, sino unirme al Equipo Itinerante en la Amazonia brasileña, o bien ayudar a los pueblos indígenas “Xavantes” en el Estado de Mato Grosso, Brasil. Pero aquí estaba yo.

Con mucho entusiasmo Mons. Luis comentó: “tenemos un trabajo muy parecido en el Vicariato”. Y me invitó a conocer y formar parte de él. Poco a poco me fui integrando al equipo del Instituto Pastoral Rural (IPR), acompañando a las comunidades viajando por carreteras por medio de las visitas. El primero, aprender la lengua, la cultura, hábitos y costumbres. Difícil tiempo personal de desconstrucción y construcción, que prosigue hasta hoy.

El primer año fue para conquistar espacio en el equipo formado por dos sacerdotes y cuatro laicos. Fue un periodo de muchas pruebas. En las visitas a las comunidades llevaba cajas de medicinas y me ponía a atender los enfermos en las diversas situaciones. Nunca me he olvidado que las mamás venían con sus hijos e hijas y decían “doctorcita, mi hijo está lleno de carachas”. ¿Carachas? ¿Qué es eso? Solo me venía a la memoria un cántico que dice: “la cucaracha”. Entonces vamos al examen físico para saber lo que pasaba. ¡Qué locura! Solo con la ayuda de Dios y del Espíritu Santo podía salir adelante en esas horas.

A partir del 2014, integré al equipo a tiempo completo. Ahora junto con la atención a los enfermos tenía también el trabajo pastoral de evangelización. ¡Y yo, sin ninguna preparación pastoral! Eso exigió mucho esfuerzo, estudio, escucha, silencio y total entrega y confianza en Dios.

En el año 2015 quedé responsable de un equipo de trabajo. Solo había un sacerdote en el equipo. Recuerdo que este fue el año en el cual administré el primer bautismo, seguido de muchos otros, con la autorización del Obispo.

En el 2016 fui invitada por el Mons. Eugenio Coter, nuestro pastor desde 2013, a asumir la dirección del Instituto juntamente con otra religiosa. Además de la administración tenía toda la animación pastoral y formación de más de 300 comunidades rurales, campesinas e indígenas en tres departamentos: Beni, Pando y La Paz. Colaboraban tres laicos.

 

 

Hermana Círia Mees

 

¿Qué es el Instituto? ¿Y cómo es el trabajo?

El Instituto Pastoral Rural fue fundado en el año de 1969 para dar una mejor atención, ante la falta de sacerdotes, a las comunidades rurales.  Funciona como una Parroquia. Los registros de los sacramentos son hechos en la parroquia de la catedral. Todas las actividades son coordinadas por el equipo de trabajo. Económicamente y administrativamente somos dependientes del Vicariato. Hacemos, según la posibilidad, una, dos o más visitas pastorales a las comunidades en el año.

Estando en las comunidades, celebramos la Palabra de Dios, llevamos la Sagrada Comunión, celebramos bautismos y somos testigos cualificados de los matrimonios. Acompañamos a los catequistas y la formación de la catequesis. Reunimos las personas de las comunidades para compartir con ellas y dar orientaciones, donde es necesario. También atendemos las cuestiones de salud, cuando es posible.

En la sede de Riberalta, ofrecemos formación constante, así como en las zonas próximas, a los catequistas, animadores/as de la Fe (aquí son los que hacen la celebración de la Palabra de Dios y preparan los bautismos), equipos litúrgicos y otros. ¡Es necesario ser multifacética! Uno de los grandes desafíos son las distancias geográficas. Hay comunidades que están a más de 300 km de distancia de Riberalta, por carretera. Por los ríos hay comunidades a más de 600km de distancia.

La gran mayoría de los adultos en las comunidades solo tienen el sacramento del bautismo, eso cuando lo tiene. Nuestro desafío fue elaborar un material para la formación de los adultos, abuelos, abuelas, padres y jóvenes. Nosotros entendemos que no es suficiente que los niños frecuenten la catequesis y reciban los sacramentos, si los propios padres no los tienen. Esos materiales logramos terminarlos en el año 2018. Actualmente los abuelos/as y padres de familia están aprendiendo y conociendo los fundamentos de su fe: aprenden a ser Iglesia, a ser comunidades más sólidas en la fe y en la vivencia de la Palabra de Dios. Está siendo una experiencia y un proceso interesante y positivo.

Debido a las distancias y el factor económico, fue y es necesario apoyar a los animadores/as de la fe en viajes y con materiales para las celebraciones dominicales. Después de un largo proceso, elaboramos manuales para la celebración de la Palabra de Dios para los tres años litúrgicos, con celebraciones para cada domingo, para las fiestas y solemnidades. Eso motivó a más personas a realizar las celebraciones dominicales en las comunidades.

¿Cómo son las Comunidades?

La gran mayoría de las comunidades se les asigna un territorio en concesión. La tierra es comunal y cada familia recibe una parcela de tierra para su cultivo y cuidado. Tienen sus estatutos y reglas propias de convivencia. Las viviendas son muy sencillas. Las familias muy acogedoras y siempre comparten lo que tienen. Viven de la agricultura básica, de la colecta de la castaña, de la cacería y de la pesca. En la zona de las pampas lo predominante es la ganadería.

¿Cómo es nuestra vida cotidiana?

Desde 2018 hubo una reducción de las comunidades que acompañamos, por la creación de una “casi parroquia”. Pero todavía quedamos con más de 160 comunidades. Eso supone estar siempre en camino. En el equipo nos organizamos por zonas geográficas. Salimos de dos en dos. En el tiempo de lluvia, de noviembre a mayo, visitamos y trabajamos con las comunidades de los ríos. En los otros meses por carretera.

Los viajes por los ríos son más confortables, pues lo hacemos con una embarcación llamada “Guadalupe”. Es como una casa flotante, o mejor, una “parroquia flotante”, como la llaman algunos. Llevamos lo necesario en víveres y demás. Cada uno del equipo tiene su pequeña habitación para dormir, con ducha, baño, cocina, panel solar y telas milimétricas para protegerse de los muchos zancudos. Los viajes duran de 10 días a un mes. ¡Es muy bueno sentir la belleza y los encantos de la naturaleza!

Estos viajes traen, también, sus peligros. He vivido innumerables experiencias de riesgo, pero siempre sintiendo la protección de Dios. Muchos temporales, atascadas en las playas. El barco se estaba llenando de agua, teniendo problemas en el motor, quedarnos aprisionadas sobre piedras. Cierta vez nos quedamos 26 horas colgados arriba de un tronco de árbol, en la mitad del río, y sin ninguna comunicación. Añado el reto de las relaciones personales: vivir y convivir un mes en un espacio de 12 metros por 4 metros, ¡es un arte!

 

Los caminos de la misión

Actualmente ya tenemos mejores carreteras y caminos, pero ¡la misión por las carreteras es una aventura!  El tiempo de permanencia varía del número de comunidades de la zona: duran de tres a 15 días. ¡Es muy exigente! Necesitamos llevar camping y colchonetas. No hay baño ni ducha. Uno tiene que adaptarse a cada realidad y armar el camping donde sea posible. Una vida itinerante en cuatro o dos ruedas, entre los diferentes tipos de realidades.

La extensión geográfica es enorme y el número de comunidades también. Pero el deseo de compartir la Palabra de Dios nos hace muy cercanos. Después de 50 años, nosotros llevamos adelante la misión del Instituto Pastoral Rural, cuyos principios son la formación cristiana, la promoción humana y la organización de las comunidades, donde las personas aprenden lo que es la vida cristiana de forma teórica y práctica.

Concretamente, nuestra misión evangelizadora se extiende a tres departamentos, 9 provincias y 11 municipios. Del año 2016 al 2020, tiempo en que estoy de directora y responsable del servicio pastoral del Instituto, se realizaron 1.193 bautismos, de los cuales yo administré 670. Recibieron la primera comunión 574 personas, entre adultos, jóvenes y niños. 402 jóvenes y adultos recibieron la confirmación y solo hubo un matrimonio.

 

El liderazgo femenino en la vida del IPR

En los 50 años del Instituto Pastoral Rural hubo 14 directores, doce hombres y dos mujeres. Yo soy la segunda. La Hna. Doris y yo tenemos en común la opción por la vida religiosa consagrada. Trabajaran directamente 14 religiosas en los diferentes equipos. Dos religiosas fueran las cofundadoras.

Las mujeres son la vida de las comunidades rurales. Hoy son ellas las que, día tras día, mantienen viva la vida de la familia y la educación cristiana. Pero todavía la sumisión al hombre es muy fuerte. ¡El clericalismo y el machismo imperan! Nosotras, como mujeres, somos tomadas en cuenta para aquello que los hombres no llegan a realizar. Por ser mujer, religiosa, extranjera, he sufrido mucho. Fue preciso luchar, paso a paso, para conquistar mi espacio, pero todavía hay mucho que hacer.

El servicio misionero

Desde que llegué a esta tierra de misión, escogí trajinar el camino laborioso, desde la ternura y priorizando el compromiso con los pobres. El trabajo y el compromiso pastoral de nuestros animadores/as de la fe, los/as catequistas, los equipos litúrgicos y otros servicios, son nutrientes para seguir el servicio pastoral. La cercanía de Mons. Eugenio, de mi comunidad religiosa y del equipo de trabajo fueron y son vitales. La “diaconía”, el ser guía y pastora de tantas comunidades en la Amazonía boliviana, me hace ser instrumento de ligación entre el Dios divino y humano que está presente en todo y todos/as.

Muchos fueron y son los aprendizajes en mi vida personal y vida religiosa consagrada. Vine para quedarme un periodo de tres años, con la expectativa de partir para otra misión. Entre tanto, la necesidad de las comunidades rurales y la falta de personas para el trabajo pastoral en el Vicariato me tienen aquí a más de siete años.

El trabajo con comunidades rurales y en otra cultura, me han llevado a rehacer algunos principios y consolidar a otros, generándome procesos de conversión integral: conocer mujeres en su realidad, compartir y entender los procesos de su vida, sin querer cambiarlos, sino mejorarlos. Vivir con lo necesario, sin la preocupación del día de mañana, aportando en el hoy, por el hecho de que ya no es posible vivir solo de la recolección. Por otro lado, me hace vivir mi carisma congregacional de Hermana de la Divina Providencia.

Tengo certeza que Dios camina con quien se pone en camino. Él indica la dirección. Él capacita a quien elige. La Providencia Divina pasa por nuestras manos. Poniendo nuestra parte, nada faltará jamás. Es cierto. Gracias.

 

 

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